El 3 de marzo se celebra el Día mundial de la Naturaleza.
Observando la naturaleza podemos comprender distintos fenómenos que en ella ocurren y buscar solución a éstos.Gracias a la naturaleza y a el agua, un científico, pudo realizar un gran descubrimiento que tendría una gran repercusión en el progreso científico.
En la isla de Sicilia, esa que parece que la bota de la península Itálica vaya a patear, se encuentra la hermosa ciudad de Siracusa. Pues fue en esa hermosa ciudad donde, hace ahora unos 2300 años, nació y vivió un gran hombre llamado Arquímedes, gran matemático, físico, astrónomo e ingeniero.
Cuenta la leyenda que el rey de Siracusa encargó la fabricación de una corona y para ello le fue entregado a dicho orfebre un bloque de oro.
Pasado un tiempo, el orfebre se presentó en palacio con una hermosa corona.
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El rey, reconocido por todos como tacaño y desconfiado, pensó que quizás esa corona no estaba hecha completamente de oro...
Decidió llamar al hombre más inteligente de la ciudad, el único capaz de encontrar la solución a su problema. – Traedme a Arquímedes – dijo.
Una vez allí el rey le preguntó a Arquímedes:
¿ Cómo sé que en la corona tengo la misma cantidad de oro que en el otro bloque?
Todos dicen que eres un gran sabio. Demuéstramelo resolviendo este problema o atente a las consecuencias.Por esa razón salió Arquímedes cabizbajo y preocupado por su vida. Si no resolvía el problema no quería ni imaginarse cual iba a ser su futuro.
Llegó a su casa y se puso a pensar en el problema de la corona. Debéis saber que en esa época, la geometría no era capaz de resolver problemas de volúmenes complejos como el de una corona.
Durante los días siguientes pensaba en ese problema . Decidió ir a los baños de la ciudad ya que pensó “al menos el baño me permitirá relajarme un poco y enfrentarme al problema algo más tranquilo”.
Así lo hizo. Se puso la túnica, calzó sus sandalias y partió hacia los baños. Cuando llegó, pidió que le prepararan una bañera. Nada más llegar se percató de que estaba llena a rebosar, ni siquiera había un dedo entre el nivel del suelo y el del agua. Sin preocuparse por ello, se sumergió por completo en el líquido.
Entonces sucedió. Al estar tan llena y entrar él en ella, una gran cantidad de agua se desbordó mojando todo el suelo. Fue en ese momento cuando cambió por completo el gesto de su cara. De la preocupación inicial pasó al asombro, y de este a la más inmensa alegría cercana a la histeria. Salió rápidamente del agua, y desnudo como estaba corrió hacia su casa gritando “EUREKA, EUREKA” que en griego significa “LO ENCONTRÉ, LO ENCONTRÉ”
Pasó a sumergir la corona y apartó el agua que había rebosado, calculó su volumen y lo apuntó en un pergamino. Tomó después el bloque de oro, idéntico al que se había utilizado para hacer la corona, y repitió el experimento apuntando en el pergamino el resultado obtenido. Con esos cálculos fue a ver al rey. Una vez ante él le entregó los resultados.
La Historia no nos ha dejado constancia de lo que había escrito en el papiro. Lo que parece ser cierto es que aquél orfebre dejó de trabajar aquel mismo día.
Pensando en la ciencia, lo más importante es que desde ese momento se podían fabricar barcos con la certeza de que flotarían. Y todo ello gracias a un baño y a la obsesión del científico por encontrar respuestas a las preguntas.

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